DE SUPERNANNY A EDUCAR DESDE EL RESPETO

DE SUPERNANNY A EDUCAR DESDE EL RESPETO

Hoy quiero hablaros de cómo llegué a la educación respetuosa y porqué creo firmemente en ella.

Como muchos sabéis, tengo dos hijos mayores (19 y 16 años) y una peque de 2’5 años.

A mis hijos mayores, bien porque era joven y creía en todo lo que me decían los “expertos” de mi alrededor (entiéndase abuelas, tías, pediatras, profesores que habían sido mis profesores cuando yo era pequeña, y todo tipo de opiniólogos), bien porque esa era la educación que yo había recibido (como la mayoría), o porque era todo lo que me habían enseñado en la carrera, los eduqué en una educación basada en el conductismo utilizando todas las técnicas de modificación de conducta habidas y por haber, más conocidas como las técnicas de Supernanny.

La verdad, no voy a engañaros, era un estilo educativo fácil de aplicar y con resultados muy buenos a corto plazo. Era un estilo que se defendía en todas las formaciones que realizaba (carrera, cursos, seminarios…) y que nos “invitaban” a utilizar en los centros de menores en los que trabajaba, por lo que estaba segura de que “lo estaba haciendo bien”. Pero un día mis hijos llegaron a la adolescencia. Y se destapó el pastel.

No os vayáis a pensar que me refiero a que se rebelaron y empezaron a probar drogas, discutir constantemente con nosotros, fugarse de casa ni nada por el estilo. Para nada. Mis hijos siguieron siendo chavales de los que siempre me he sentido orgullosa (buenos estudiantes, colaboradores en casa, respetuosos…). Pero eso no lo es todo en la educación de nuestros hijos.

Cuando digo que se destapó el pastel me refiero a que mis hijos empezaron a mostrar cierta falta de empatía o falta de asertividad. Empezó a vislumbrarse una poca tolerancia a la frustración (mi hijo mayor se autoexigía tanto académicamente que dejó de hacer deporte, salir de acampadas o ir a dar una vuelta con los amigos). Cuando digo que se destapó el pastel, me refiero a que mis hijos querían, NECESITABAN ser los mejores. Porque ese fue el mensaje que recibieron.

Cuando mi mayor terminaba la ESO, con las notas finales de la graduación, llegó el momento en que cambié el chip: me lo encontré llorando porque no se había graduado con una media de excelente a falta de dos décimas. Sí, como lo leéis, no había conseguido ser el mejor.

Ese fue el detonante para que decidiera buscar otra educación. No podía permitir que mi hijo no fuera feliz por una simple nota numérica. ¿Qué había hecho? Empecé a buscar, leer, preguntar…y llegué a algo que me convenció. Y me convenció por su coherencia y porque si lo pensaba, a mí también me gustaba que me tratasen como defiende la Educación respetuosa. Así es cómo descubrí que podíamos educar niños felices en los que más tarde no tuviéramos que reparar el daño que les hemos causado intentando hacerlo bien. Intentando ser buenos padres.

DE SUPERNANNY A EDUCAR DESDE EL RESPETO

¿Y QUÉ ES LA EDUCACIÓN RESPETUOSA?

Pues cuando hablamos de educación respetuosa, como su nombre indica, nos referimos a aquella basada en el respeto a las necesidades reales, los ritmos y los procesos de los niños. No de todos los niños en general, sino de cada niño en particular. Lo que tratamos educando desde el respeto es, precisamente, respetar los procesos de desarrollo naturales de los niños, viéndolos como personas únicas e irrepetibles que son, personas de pleno derecho, no muñecos a los que manejar a nuestro antojo y según nuestros intereses. Nuestra misión es guiarlos para que sean capaces de sacar lo mejor de sí mismos.

En la educación respetuosa acompañamos a los niños en sus procesos de forma empática, reflexiva, comprensiva y siempre, siempre, respetando los derechos humanos de los niños (que muchas veces olvidamos que los tienen).

Muchas veces, inconscientemente, nos olvidamos de las necesidades básicas de nuestros hijos y caemos en la falta de respeto hacia esos procesos llegando a actuar contra nuestro instinto porque la sociedad y la cultura nos dicen que eso no está bien. ¿Cuántas veces os han dicho que dejéis llorar a vuestros hijos porque si no los malcriáis y vosotros lo habéis hecho a pesar de sentir la necesidad de calmarlos y abrazarlos?

¿Entonces, en la educación respetuosa, no les ponemos límites a los niños? Craso error. En la educación respetuosa hay límites, por supuesto. Los límites son necesarios para que los niños aprendan a vivir en sociedad, pero tampoco se trata de poner límites por todo. Hay que poner límites, pero con consciencia, dejando libertad a los niños para ser ellos mismos y aprender de sus errores. Los límites, como dice Bei de Tigriteando, tienen que ir en tres vertientes: los que tienen que ver con su seguridad (no les dejaremos un cuchillo jamonero), los relacionados con dañar al prójimo (no permitiremos que peguen o hagan daño a otros) y, los que tienen que ver con la higiene (hay que lavarse los dientes o cambiarse el pañal sí o sí).

No se trata de satisfacer sus caprichos, sino sus necesidades. Tenemos que aprender a detectarlas y satisfacerlas.

Educar de manera respetuosa significa que cuando tengamos que poner límites, lo hagamos apoyando a nuestros hijos para que aprendan a identificar los peligros, las circunstancias en que pueden hacer daño a otros o que no son aceptadas en nuestra sociedad, pero siempre bajo nuestro acompañamiento y no bajo normas de conducta que los niños no entienden.

La intención es conseguir una educación no violenta, y por violenta no me refiero necesariamente a cachetes o gritos, sino a la falta de entendimiento y respeto por sus necesidades; y a la utilización de amenazas, chantajes, castigos, imposiciones, etc. Debemos acompañarlos en los distintos momentos de su desarrollo desde la empatía.

Seguro que todos habéis oído que nuestros hijos son nuestro espejo, que repiten lo que nosotros hacemos, no lo que decimos. Pues con esa frase en la cabeza debéis educarlos desde el respeto: permitiendo que aprendan de nosotros actitudes y conductas a través de la imitación.

Todo ello no es fácil de poner en práctica, para qué engañarnos. Implica un trabajo interior por parte de los adultos que, si bien nos permite conocernos mejor, también nos enfrenta a nuestras creencias y prejuicios, ya que eso es lo que hemos aprendido nosotros durante toda nuestra vida. De nosotros depende la elección: mirar hacia otro lado, o empezar un trabajo de auto-conocimiento con el que crecer junto a ellos. Se trata de reeducarnos para poder educarlos. Esta forma de educar a nuestros hijos nos enseña a verlos como seres humanos con todas sus capacidades, permitiéndonos conocer la mejor versión de nosotros mismos.

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